14 frases de Brújula, Mathias Énard

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Jaimes, la librería francesa de Barcelona dónde hacia mis compras literarias en 2007, siempre está aquí para darme la sonrisa con un simple “bonjour” de entrada y todos sus lomos de libros franceses que me recuerdan a mi biblioteca de adolescente. De su voz dulce con ligero acento español, una joven librero me ayudó a elegir mi primer Énard. “Habladle de batallas, de reyes y de elefantes” ha tenido mucho éxito en Francia y me parece mejor para descubrir al autor. No te asustes por la densidad de informaciones al principio de Brújula, después la cosa se aclara”. Dudaba entre un Best-Seller 2010 y un Premio Goncourt 2015. Incapaz de tomar una decisión, me marché con ambos libros y es Brújula que abrió el baile. 448 páginas más tarde, he perdido el Norte.

23h10, 23h58, 0h55, 2h20, 2h50, 3h45, 4h30, 5h33, 6h00. Así son los títulos de los nueve capítulos a lo largo de los cuales Franz Ritter, un musicólogo austriaco que sufre de insomnio, suelta el flujo de sus pensamientos nocturnos: recuerdos de viaje en Oriente, reflexiones intelectuales, nostalgia de Sarah. De vez en cuando, el narrador acepta liberarnos de su suplicio para prepararse una infusión o comentar un programa de música clásica que escucha por la radio. Como lectora, esperaba impaciente que un nuevo pasaje lírico me retenga o que una correspondencia entre Franz y Sarah despierte mi curiosidad para no caer redonda.

“Brújula” (Literatura Random House, 2016) no era un libro para mi. Su ausencia de dialogo, ese largo monologo interior que me recordó al Ulises de James Joyce, y lo erudito que es el personaje, cuyas numerosas referencias culturales e históricas me dejaron plantada más de una vez en lugar de enriquecer mi lectura, son algunas razones por las cuales estuve a punto de abandonar este libro varias veces. “Franz, me cansas. Es increíble. Llevas dos kilómetros sin cerrar la boca. ¡Dios mío lo que puedes hablar!”, le lanza Sarah en un momento, y nunca mejor dicho :)

Esta novela galardonada del prestigioso Premio Goncourt 2015 encantará a los investigadores, musicólogos, arqueólogos, lingüistas, historiadores, etnólogos y será más que bienvenida en la bibliografía de un orientalista. Pienso que si se merece el Goncourt es sobre todo por su notable proeza estilística y literaria. La referencia al síndrome del viajero con “Memorias de un turista” de Stendhal, la aparición de Stefan Zweig y del “Origen del Mundo” de Courbet son algunos de los pasajes que más me interesaron. A pesar de una lectura laboriosa, le doy las gracias a Mathias Énard porque me animó a comprar, por fin, “Las Mil y Una Noches.

Este artículo se trata de una traducción de mi reseña francesa de Boussole y para serle fiel, me atrevo a adaptar al castellano mi selección de 14 frases. Sin pretensión ninguna y sin querer quitarle mérito ninguno a su traductor, Robert Juan-Cantavella, quién “ha sabido conservar la complejidad del pensamiento original en una lengua fluida y transparente”,[sic] El País. Y si os quedáis con ganas de más, os dejo con las primeras páginas de Brújula.

  • Oriente

“[…] ella enseñaría cómo aquellos objetos son el resultado de esfuerzos sucesivos comunes, y cómo lo que consideramos puramente “oriental” es en realidad, muy a menudo, la recuperación de un elemento “occidental” modificando otro elemento “oriental” anterior, y así sucesivamente ; llegaría a la conclusión de que Oriente y Occidente nunca aparecen separados, que siempre van unidos, presentes el uno en el otro y que estas palabras – Oriente, Occidente – no tienen más valor heurístico que las direcciones inalcanzables que significan.”

“Es a Lucie Delarue-Mardrus que debemos aquella frase admirable: Los Orientales no tienen ningún sentido de Oriente. El sentido de Oriente, somos nosotros mismos. Los Occidentales, nosotros mismos los rumís que lo tenemos. (Me refiero a aquellos rumís, bastante numerosos, que no son maleducados.”

  • El lirismo

“[…] la vida hace nudos, la vida hace nudos y pocas veces son los del vestido de San Francisco; nos cruzamos, nos perseguimos, durante años, en la oscuridad y cuando por fin pensamos agarrar manos entre las nuestras, la muerte lo recupera todo.”

“[…] una noche en una tienda de Beduinos entre Palmira y Rusafa, una noche con un cielo tan puro y las estrellas tan numerosas que bajan hasta el suelo, más bajo que la mirada, una noche como las que, me imagino, tan solo los marineros pueden ver, en verano, cuando el mar está igual de quieto y oscuro que el desierto sirio.”

“Hemos transmutado la muerte en belleza durante siglos, la sangre en flores, en fuentes de sangre, llenado los escaparates de los museos con uniformes manchados de sangre y de gafas rotas por el martirio y nos enorgullece, porque cada martirio es una amapola que es roja que es un poco de belleza que es ese mundo.”

“Que sensación extraña la de leerse a sí mismo. Un espejo que envejece. Me siento atraído y rechazado por ese yo antiguo como si de otro se trataría. Un primer recuerdo, intercalado entre el recuerdo y yo. Una hoja de papel diáfana que la luz atraviesa para dibujar otras imágenes. Un vitral. Yo está en la oscuridad. El ser siempre se encuentra en aquella distancia, entre un sí mismo inescrutable y el otro en sí mismo. En la sensación del tiempo. En el amor, que es la imposibilidad entre sí mismo y el otro. En el arte, la experiencia de la alteridad.”

“De repente tenía estas mismas burbujas en el ojo, no tenía que haberlas mirado, subían y subían – su finura, su obstinación sin origen, sin otra meta que la ascendencia y la desaparición, su ligera quemadura me hacían cerrar fuerte los párpados, incapaz de levantar la mirada hacia Nadim, hacia antaño, hacia ese pasado del cual acababa de pronunciar el nombre y cuanto más mantenía la cabeza agachada, más se hacía grande la quemadura, en las comisuras de los ojos, las burbujas crecían y crecían, buscaban, como en el vidrio, alcanzar el exterior, tenía que impedírselo.”

  • La brújula

“El despertar es el bastón del insomne, debería comprarme un despertador-mezquita como los de Bilger en Damasco, mezquita de Medina o de Jerusalén, de plástico dorado, con una pequeña brújula incorporada para la dirección de las oraciones – de aquí la superioridad del musulmán sobre el cristiano: en Alemania se nos impone la Biblia escondida en el cajón de la mesita de noche, en los hoteles musulmanes tienes pegado una pequeña brújula en la madera de la cama, o el dibujo de una rosa de los vientos enseñando la dirección de La Meca adorna la mesa de escritorio, brújula y rosa de los vientos que permiten ubicar a la península arábiga, pero también, si apetece, Roma, Viena o Moscú: uno nunca está perdido en aquellas tierras.”

“¿Sabe usted cual de ellos me emociona más, entre todos estos objetos, doctor Mann? ¿El escritorio de Beethoven? Él que poseía Stefan Zweig, en él cual escribió la mayoría de sus libros y que acabó vendiendo con su colección de manuscritos a su amigo Bodmer? No. ¿Su libreta de viaje? ¿Sus audífonos? Tampoco. Su brújula. Beethoven tenía una brújula. Una pequeña brújula de metal, de cobre o de latón, que se ve en un escaparate al lado de su bastón. Un compás de bolsillo, redondo, con una tapa muy parecida a los modelos que se hacen ahora creo. Un bonito cuadrante de color con una magnifica rosa de los vientos. Se sabe de Beethoven que era un gran caminante.”

“-Franz, te falta poesía. Posees una de las brújulas más únicas que apunta hacia Oriente, la brújula de la Iluminación, el artefacto sohrawardí. Un bastón de brujo místico.”

“A fin de cuentas, Beethoven me pone triste. Sobre todo aquel trino interminable antes de la variación final. Beethoven me remite a la nada ; a la brújula de Oriente, al pasado, a la enfermedad y al futuro.”

“¿Dónde está la luz de Sohrawardí, qué Oriente apuntará la brújula, qué arcángel vestido de púrpura vendrá para abrirnos el corazón sobre el amor?”

“Todavía me siguen excitando las imágenes de la desnudez de Sigrid, no perdieron nada de su poder, su delgada blancura, acostada boca abajo, las piernas ligeramente separadas, cuando una línea rosa, envuelta de carmín y de cabello rubio, nacía de las sábanas claras, me acuerdo perfectamente de sus nalgas duras, dos platos cortos, encontrarse con las caderas, y la cremallera de las vértebras culminar encima del pliegue dónde se encuentran las páginas del libro entreabierto de los muslos cuya piel, nunca expuesta a los rayos del día, es un sorbete perfecto que se derrite bajo la lengua, cuando mi mano tarda en bajar la pendiente vellosa de la pantorrilla antes de jugar en las zanjas paralelas del interior de la rodilla, me entran ganas de apagar de nuevo la luz […]”

“Siempre hay que intoxicarse: este país tiene el opio, el Islam el hachís, Occidente la mujer. Quizás el amor sea, sobre todo, el medio que emplea Occidente para emanciparse de su condición de hombre”, escribe Malraux en La Condición Humana.”


Título: Brújula (Boussole, en el original francés)

Autor: Mathias Énard (1972)

SBN: 9788439732068

Traductor: Robert Juan-Cantavella

Páginas: 448

Precio: 22,90 euros

Sello: Literatura Random House

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